Se veía venir. Y en la quinta jornada de la Champions terminó por confirmarse. El Valencia se despidió de la máxima competición continental por la puerta de atrás, e incluso se ha complicado su acceso a la UEFA. Peor, imposible.

Un adiós muy anticipado para un equipo diseñado para grandes metas. O eso era lo que se pensaba, porque cuando caes por dos veces consecutivas ante el Rosenborg (flojitos, flojitos) no mereces seguir vivo en el torneo. Fue precisamente ahí cuando los Ché tiraron su billete europeo a la basura.

Muchos factores han sido determinantes en esta caída. La marcha de Ayala y la degradación de Cañizares han privado al Valencia de uno de sus tradicionales puntos fuertes, la solidez defensiva. Multitud de lesiones han mermado las cualidades de algunos de sus hombres clave, como Baraja o Vicente. Pero el problema gordo podría ser otro.

Y es que la exigencia de la afición de Mestalla parece no tener límites. Muy probablemente ha acabado por afectar a las mentes de los futbolistas, y cada partido en casa se transforma en un examen con un extra de presión.

En fin, que tras empatar a cero anoche frente al Schalke 04, los levantinos necesitan vencer al Chelsea en Inglaterra y que los alemanes no derroten en su campo al Rosenborg en la última jornada del grupo. Y eso, para meterse en la UEFA. Todo un milagro.